LUPA

“Una herramienta para aproximarse y discernir los hechos”. (ARATICO)

El CAMBALAChe y el olvido de
los soldados bolivianos

Rogelio Vicente Peláez Justiniano
Periodista.

Los gobiernos de turno en Bolivia, en octubre de 2017 sumaron 50 años de reconfortante olvido de soldados y civiles que, en emboscadas, fueron asesinados en medio de la invasión de la guerrilla de Ñancahuazú, cuyo denominado Comandante Ernesto “Che” Guevara, argentino él, también fue asesinado.

Soldados bolivianos en la guerrilla del Che de 1967.(foto tomada del libro del Gral. (r) Gary Prado Salmón)

A moros y cristianos, como forma de involucrar a todos los seres humanos con raciocinio; a uno o más de esta especie, no se los puede venerar-endiosar para, por ignorancia o deliberadamente, se minimice a Jesús-hombre. Aquel nacido divinamente; perseguido, torturado, humillado, crucificado y resucitado, por ser el sustituto de los desobedientes. ¿La humanidad habrá entendido tamaño desprendimiento y sacrificio?

El ateísmo existe después de la creación de lo que existe y no existe, entonces, la honestidad e integridad humanas, por causalidad, no discierne los crímenes malos de los buenos. Ni los unos ni los otros están por encima del bien y del mal, y tampoco los que los cometen, alcanzaron la perfección. Jesús-hombre, es el único que encarna y espiritualiza la justicia de Dios.

A los intelectuales internos y externos del “internacionalismo como matiz ideológico”, no se les reprocha y menos censura la exaltación de y a la personalidad del argentino cubano Ernesto “Che” Guevara La Serna. Se les cuestiona por mutilar la realidad y su historia y, con ello, primero encasillarlo en un cambalaCHE y, después, por soslayar que un ser humano, quien ordenó crímenes de lesa humanidad, todavía amplifiquen su sofisma: “hombre nuevo”. Cuestionamiento que no debe ser confundido con alguna norma de conducta personal.

Edificador

Por la descomposición social de los de arriba y los de abajo, la realidad evidencia que el olvido a los soldados bolivianos, en los hechos, fue más edificante que cualquier homenaje impostor de autoridades civiles y militares. Lo contrario sería definitivamente una ofensa que urge desagraviarla. Un hermano menor, entre tantos familiares de las víctimas, rechaza de plano toda hipocresía arropada de “patriotismo, nacionalismo, fascismo, comunismo, socialismo, revolución y antiimperialismo”.

Al margen de cualquier tesis, antítesis y síntesis alentadas por el gobierno secreto mundial estructurado por la masonería, recordar a los soldados bolivianos caídos en la invasión guerrillera de 1967, constituye un honesto y sincero reconocimiento de su generación y de las posteriores con memoria y dignidad. Sin pagana idolatría, sus esposas, papás, hermanos, hijos, tíos primos y sobrinos, no se propusieron medrar del dinero de la cosa pública para, con parafernalia nacional e internacional como actúa la impostura de turno, hacer una “bulliciosa fiesta”.

Otro desagravio consiste en interpelar a la cúpula militar de entonces y de ahora, sobre si los soldados, clases, suboficiales y oficiales de las Fuerzas Armadas bolivianas, oportunamente recibieron la instrucción para actuar en una guerrilla como la de1967. Un ex conscripto y hermano menor del soldado asesinado Lucho Peláez, se insiste, durante y a medio siglo de la invasión guerrillera de marras, entiende que ese proceso fue improvisado.

Todas las víctimas, metafóricamente, fueron a parar a un “matadero” con clara ventaja de los emboscadores-“matarifes” frente a los emboscados-“faeneados” a mansalva. Lucho recibió una bala sin salida en el occipital de su cabeza; con un rostro apacible parecía dormido. Si bien el argentino-cubano Che Guevara, también fue asesinado después de ser malherido, detenido e interrogado, al menos le dispararon de frente y no por la espalda como ocurrió con varios soldados bolivianos.

Si no es ineficiencia, es irresponsabilidad y falta de escrúpulos de los miembros del alto mando militar boliviano, el desplazar al escenario de la guerrilla, a uno o más estudiantes o alumnos de la Escuela Máximiliano Paredes, de Cochabamba. En la década de los años 60 del siglo pasado, la formación técnica en motores a diesel y explosión, merecía énfasis en ese instituto.

Si en ese entonces, los Rangers estadounidenses, en Bolivia tenían presencia física y de estrategia militar; ahora con la “revolución democrática y cultural”, en el mismísimo Cuartel General de Miraflores, de La Paz, ¿Estrategas cubanos, venezolanos e iranís no “repetirán lo mismo”? Si es así, ¿esta injerencia se convierte en “ayuda solidariamente humana?

Tres de los emboscados

Cabo Luís Peláez Alpiri (fallecido)

Tres de las 49 víctimas, se insiste, fueron el Sub. Tte. Henry Laredo Arce y los Cabos Alfredo Arroyo Pizarrro y Luís Peláez Alpiri, oficial instructor y alumnos, respectivamente, de la Escuela de Sargentos "Maximiliano Paredes", de Cochabamba. Murieron emboscados en 9 de mayo de 1967 cuando encabezaban una columna del ejército boliviano que se desplazaba por la quebrada de La Overa.

El tercero de los identificados, era un joven que el 22 de diciembre de 1945 había nacido en Charagua, una de las seis secciones de la Provincia Cordillera, Santa Cruz, Bolivia. El paceño Fidel Peláez Sánchez (+) y la charagueña Piedades Justiniano Alpiri (+ ) procrearon siete hijos, de los cuales, solamente tres viven.

Su papá, no era un militar de Altos Estudios Nacionales, sino “reenganchado en esa carrera”, en su condición de excombatiente de la guerra del Chaco. Su mamá, una mujer guaraní-chaqueña que, a sus hijos e hijas, les enseñaba a rajar leña a punta de hacha. “Piachi”, por insensateces de sus hijos, no fue eximida de la violencia intrafamiliar y de condiciones precarias de vida.

Lucho, hasta donde vivió fue introvertido, serio y parco con su familia; abiertamente extrovertido con sus amigos y compañeros de colegio, barrio, pueblo y del equipo de fútbol en el que jugaba en la primera división de la asociación local, cuyo nombre, indistintamente era Cordillera y/o Frecuencia Verde.

Se establece públicamente que el autor del presente artículo es uno de los dos hermanos menores de Lucho, el que parecía “un mono gringo, por lo blanco, colorado y peludo” en medio del resto de su familia con tez morena. Este joven “había nacido con el color de Valentina Justiniano Alpiri”, su abuela materna, solía recordar y comparar su mamá Piedades.

El hermano menor cuando tenía nueve años de edad, le llevaba su maletín desde la casa hasta el estadio principal de fútbol de Camiri y, en la caminata como también en los momentos que pudo compartir, le parecía un “gigante cejudo”. En su retina grabó la sonrisa de su hermano mayor que, por ser esporádica, innatamente aparecía como un gesto especial.

Piedades Justiniano Alpiri y Cap. Fidel Peláez Sanchéz (fallecidos)

De ese equipo de buenos jugadores, aquel niño, ahora adulto, recuerda a “sapo” Balcázar, los hermanos Leopoldo y René Guachalla, “gato” Mendívil y “chato” Velasco (arqueros); también a Martín “Chuvi” Barroso, “Miki” Rodríguez, “chato” Montealegre y “negro” Varela, entre otros tantos. De los nombrados, algunos ya partieron y, otros, en sus vidas, ya suman más 72 años de edad.

Finalmente, el que escribe, añora encontrarse en la vida eterna que prometió Dios a sus hijos, con su hermano Lucho, sus papás, abuelos y demás familiares. Es que la crucifixión, muerte y resurrección de Jesús, su unigénito, no fueron vanas. Es otra cosa que el hombre, individualmente y con libertad irrestricta, viva para salvarse o condenarse.