LUPA

“Una herramienta para aproximarse y discernir los hechos”. (ARATICO)

0tros rasgos del CAMBALAChe

Clara Paredes Claros.
Periodista.

Frente a la leyenda y el mito, una creación humana parecida al paganismo, el sol y la luna y el Che pueden aparecer como sus dioses. Lo que se convirtió en Cheylandia, a 50 años de su asesinato, el egocentrismo sincretizado con alguna religión, al guerrillero lo metió en lo que aquí se describe: cambalaCHE.

Mito, mártir, héroe y guerrillero, son las palabras con que ha sido denominado en los últimos años el Che Guevara que entró en la leyenda, el mismo día en que pagó con su vida en 1967, en un remoto pueblo boliviano, escribe Jorge Infante Velarde.

Desde su muerte, las palabras atribuidas a la figura y persona de Ernesto “Che” Guevara son tantas y sobre todo tan cargadas de elogios y virtudes, que han hecho olvidar que el Che era sólo un hombre que tenía como todos, luces y sombras en su personalidad. Por lo general, los mitos no tienen defectos y si los tienen, el cúmulo de virtudes que la leyenda les atribuye, los hace desaparecer y a diferencia de los hombres, los mitos no cometen errores.

El Che Guevara, más allá del mito era un hombre y según algunos que le conocieron de cerca, nada excepcional ya que le recuerdan, como egocéntrico y arrogante. Según uno de sus biógrafos, el norteamericano Jon Lee Anderson, autor del libro “Che Guevara, una vida revolucionaria”, "Era soberbio y muy severo con los demás. Tajante en su estilo, llegó a ser muy doctrinario con sus opiniones".

Por lo general cuando nos referimos a un líder estos defectos humanos pueden ser vistos, incluso como virtudes. De la arrogancia puede nacer la valentía, de la impaciencia las ganas de hacer cosas y de la exigencia, la búsqueda de la perfección.

Según Félix Rodríguez, ex agente de la CIA que participó en la captura e interrogatorio del Che en Bolivia, el rasgo de la crueldad también estuvo presente en él. "Hace 20 años en París, una mujer me contó como cuando su hijo de 15 años fue condenado a muerte por escribir en contra del gobierno de Fidel Castro", cuenta Rodríguez en un día de 1997. "Ella consiguió una audiencia con el Che y le rogó que lo dejara vivir. Era viernes y la ejecución estaba prevista para el lunes. Cuando el Che le preguntó el nombre del muchacho la madre creyó haber salvado la vida de su hijo. Él giró la cabeza y dirigiéndose a sus soldados gritó: “Al hijo de esta señora fusílenlo hoy mismo para que su madre no tenga que esperar hasta el lunes”, asegura el ex agente de la CIA.

El rostro oculto del Che' que, como su nombre indica, explora el lado oscuro del comandante. su autor, el periodista y escritor cubano Jacobo Machover, detalla el periodo más oscuro de la vida del Che, cuando fue puesto al frente de una "comisión purificadora" en una prisión en La Habana encargada, entre otras cosas, de supervisar ejecuciones. Durante ese periodo, según Machover, al menos 180 personas fueron fusiladas, a menudo después de juicios sumarísimos presididos por el propio Che Guevara.

José Vilasuso, abogado que trabajó con el Che en la prisión de La Cabaña preparando las acusaciones, confirmó ese aspecto: "los hechos se juzgaban sin ninguna consideración de los principios de justicia".

En otro libro aparecen citas del escritor cubano, y entonces compañero de armas del Che, Daniel Jiménez Alarcón, quien describe la frialdad del comandante a la hora de presenciar las ejecuciones. "El Che se subía a un muro y tendido de espaldas observaba las ejecuciones mientras se fumaba un puro", dice Jiménez.

Según el escritor estadounidense Lawrence Osborne, la retórica del Che estaba cargada de odio: "alguno de sus discursos eran casi fascistas" afirma citando el final de uno de ellos que decía así: “el imparable odio al enemigo nos impulsa y nos transforma en efectivas, frías y selectivas máquinas de matar”.

En “El Che, vida y milagros”, Enrique Krauze recuerda al condottiero que recorrió el continente con la esperanza de curar el dolor y combatir el capitalismo. Del joven asmático que estudió medicina al guerrillero que peleó junto a Fidel Castro, el autor revisa los momentos clave que ayudaron a crear la imagen del embajador de la revolución. Gracias a sus recorridos por el continente, “Guevara no solo sentía conocer de primera mano la enfermedad social que asfixiaba a la América Latina sino también a su agente directo –‘los rubios y eficaces administradores, los amos yanquis’– y la única posible cura: una revolución nacionalista y social apoyada por campesinos armados como la que atestiguó en las calles de La Paz”.

Al pensar en la profesión de fe que los seguidores actuales de Guevara expresan, Krauze escribe: “la Che-manía no solo niega la tradición democrática de Occidente sino que deja de lado lo que a mi juicio es el único ángulo salvable de Guevara para nuestros días: la coherencia de su igualitarismo. Hay algo válido y aún necesario en esa aspiración utópica, sobre todo ahora que el fantasma del vacío recorre el mundo engullendo, como un hoyo negro, todo sentido de fraternidad. Pero la igualdad, impuesta desde arriba, ahoga un fin tal vez más preciado: la libertad”.

Álvaro Vargas Llosa considera irónico que uno de los más férreos combatientes del capitalismo se haya convertido en una marca capitalista. Tazas, playeras, llaveros y billeteras con la fotografía que Alberto Korda le tomó a Ernesto Guevara se comercializan en todo el mundo. Celebridades, políticos y activistas sociales los usan por igual sin saber cuáles eran los principios que la revolución cubana defendía: “Las manifestaciones del nuevo culto del Che están por todas partes. Una vez más el mito está apasionando a individuos cuyas causas, en su mayor parte, representan exactamente lo opuesto de lo que era Guevara”.

En el mismo artículo, Vargas Llosa afirma que la idealización provoca que se pierda de vista la faceta violenta de Ernesto Guevara, así como su fracaso como héroe de la justicia social y genio de la guerra de guerrillas: “En cada etapa de su vida adulta, su megalomanía se manifestaba en el impulso depredador por apoderarse de las vidas y de la propiedad de otras personas, y de abolir su libre voluntad”.

El Che encontró la muerte en su intento de llevar la revolución marxista a Bolivia. A manera de tributo, su imagen está presente en todo el país, lo mismo en el edificio del Congreso boliviano que en las colonias obreras, en los asentamientos marginales y en las universidades. Su impacto es comparable únicamente con la de la Virgen María, según escribe David Rieff: “Y si un buen católico boliviano diría sin sombra de duda que la Santísima Virgen entregó a su hijo por los pecados de la humanidad, los buenos izquierdistas bolivianos afirmarían con la misma convicción que el Che murió por ellos, tratando de llevar justicia, dicen, a un país donde la justicia nunca ha prevalecido”.

Che Guevara: una vida revolucionaria (Anagrama, 2006), del periodista norteamericano Jon Lee Anderson, es considerada la biografía oficial del guerrillero más famoso del planeta. A diferencia de otras biografías, no presenta al Che como un héroe sin defectos, sino que recupera los dos temas más polémicos en torno a él: las ejecuciones sumarias que autorizó y su supuesta ruptura con Fidel Castro. En palabras de Bertrand de la Grange, se trata de un “libro brillante, que no oculta los lados oscuros del icono de la izquierda internacional y de los vendedores de camisetas”.

Durante su mandato, Fidel Castro no fue ajeno al halo místico que emanaba del Che. De tal manera que en 1997, cuando la inconformidad cubana crecía, instituyó el “Año del Che” para distraer al pueblo de sus apremiantes penurias y “relanzar la mística revolucionaria”. “Operación Che’: Historia de una mentira de Estado”, de Maité Rico y Bertrand de la Grange, es un reportaje sobre el hallazgo de las reliquias del “Comandante de América”.

“La operación Che” ilustra de forma impactante la capacidad del régimen castrista de imponer sus criterios políticos a los científicos, cuya independencia queda en entredicho. El Líder Máximo había hecho del rescate de los restos del Che una cuestión de honor […] No fue una hazaña científica y tampoco un acto de magia: fue una operación de inteligencia disfrazada de misión científica”.

Luchador en contra del imperialismo, estandarte de los anhelos de libertad y de justicia del continente americano, espíritu anárquico, fría máquina de matar, guerrillero heroico son solo algunas de las formas en las que, a lo largo de 50 años, se ha caracterizado al Che.

María C. Werlau, directora ejecutiva de Archivo Cuba: Proyecto de Verdad y Memoria, en uno de sus trabajos escribe: Ernesto Guevara, mejor conocido como Che, es la figura emblemática de la mitológica “elegancia revolucionaria” y el ícono por excelencia de la cultura de masas. Irónicamente, la mayoría de los devotos del culto Ché saben poco o nada acerca de él, de lo que representó e hizo, y de las consecuencias de su cruzada.

Sin embargo, hay una verdad oscura e irreconciliable detrás del mito cuidadosamente construido sobre él. Basta una mirada superficial a la extensa bibliografía sobre el Che, incluyendo sus propios escritos, para que emerja claramente. El alcance persistente y global de la idea romántica del Che, junto con sus imágenes icónicas, es un fenómeno único de la historia moderna. Curiosamente, carece de veracidad histórica.

El Proyecto Verdad y Memoria de Archivo Cuba, surgido a finales de los años 90, busca propiciar una cultura de respeto por la vida y el estado de derecho con su estudio del costo social de la violencia política asociada a la revolución cubana. La documentación y testimonios recogidos por esta iniciativa son la base de la compilación: Las víctimas olvidadas del Che Guevara (2011), que aporta material testimonial y fotográfico a la extensa bibliografía sobre el Che, tan escasa con respecto a sus víctimas.

El Che llega a la Sierra Maestra listo para lanzar su impulso sanguinario sobre los seres humanos. Poco antes, a los 25 años, había escrito una larga y apasionada nota de despertar revolucionario al margen de las “Notas de viajes” de su aventura en motocicleta por América. Es aterradoramente profética del curso violento que emprendería y el largo rastro de sangre que dejará.

Su biógrafo Jon Lee Anderson escribe que Guevara encabezó “la nueva política del Ejército Rebelde de ‘justicia revolucionaria rápida’, forjándose simultáneamente una reputación de ferocidad e implacabilidad”. Señala “el evidente celo calvinista que puso el Che en la persecución de aquellos que se habían apartado del ‘camino correcto’”. Lo que es más espeluznante es que ese celo terminó con muchas vidas, algunas arrancadas por su propia mano, cientos, tal vez miles, por órdenes directas del Ché, e incontables decenas de miles alentadas por él.

El Che fue un severo partidario de la disciplina, incluso entre sus propias tropas, y jugó un rol, ya fuera principal o secundario, en la ejecución sumaria de al menos 21 personas en la Sierra Maestra; al menos uno de su propia mano. Casi todas las víctimas eran campesinos de la zona acusados de colaborar, generalmente como informantes, con el ejército de Fulgencio Batista. Algunos eran voluntarios del ejército rebelde que decidieron abandonar la lucha, ya que ésta se llevaba a cabo bajo terribles condiciones y las tropas frecuentemente pasaban hambre durante días.

El mismo Che es testigo de esta falta de piedad en sus recuentos. En enero de 1957, le escribió a su esposa de entonces, Hilda Gadea: “Aquí, desde la manigua cubana, vivo y sediento de sangre escribo estas encendidas líneas martianas”.

Guevara sabía por su experiencia en Guatemala durante el golpe a Jacobo Árbenz y por su autoeducación comunista que el terror era un componente necesario en el establecimiento del orden revolucionario. Venía preparado para la tarea de verdugo y en la Sierra Maestra se había forjado como asesino en serie.

El 3 de enero de 1959, Fidel Castro nombró al Che Guevara comandante de la imponente fortaleza de La Cabaña en La Habana. Construida en el siglo XVIII cuando Cuba era colonia española, servía como prisión. El Che también fue nombrado Juez Supremo de los Tribunales Revolucionarios que comenzarían a funcionar allí.

Pronto, entre 800 y mil hombres fueron a parar a la prisión de La Cabaña, cuya capacidad era sólo de 300 personas. Tenían que turnarse para dormir y las condiciones eran atroces. La Comisión de Depuración que los sometería a juicio empezó a funcionar las 24 horas. El Che nombró Juez Comisionado de los Tribunales Revolucionarios a su ayudante Orlando Borrego, a pesar de tener sólo 21 años y ser contador, sin ningún entrenamiento legal o judicial. En los juicios, no existían reglas básicas de jurisprudencia y se tomaban las acusaciones del fiscal como pruebas irrefutables de culpabilidad.

Aunque el Che era jefe de los tribunales revolucionarios, no asistía a los juicios; no quería malgastar su tiempo. En una entrevista filmada, José Vilasuso, encargado de revisar y preparar los expedientes de los acusados, narra como el Che le decía: “El oficial investigador siempre tiene la razón y siempre tiene la verdad”. Otros subordinados en los tribunales han reportado que los amonestaba: “No demoren las causas, esto es una revolución, no usen métodos legales burgueses, las pruebas son secundarias. Hay que proceder por convicción”. También han testificado que los sermoneaba: “No hace falta hacer muchas averiguaciones para fusilar a uno. Lo que hay que saber es si es necesario fusilarlo. Nada más”.

Los prisioneros aguardaban juicio escuchando el martilleo de la fabricación de los ataúdes. Casi nunca podían despedirse de sus familias, a quienes entonces no se les entregaba el cadáver y quedaban sin poder celebrar un funeral. Los juicios, las vistas de apelaciones y las ejecuciones, generalmente se llevaban a cabo tarde en la noche, con frecuencia al amanecer, puesto que el Che creía que la gente era más sumisa por la noche. Por todo el país se derrochó publicidad sobre los juicios y ejecuciones.

Sobre el corto período durante el cual el Che estuvo a cargo de La Cabaña (3 de enero al 26 de noviembre de 1959, con varios meses de viaje intercalados), el proyecto Archivo Cuba ha documentado 79 fusilamientos bajo las órdenes directas de Guevara. De enero a mayo de 1959, cuando el Che estaba presente, suman 55. Durante los viajes del Che al extranjero, desde el 4 de junio hasta el 8 de septiembre de 1959, hubo 18 fusilamientos, aunque se desconoce cuán involucrado estuvo en los tribunales. Luego de su regreso a Cuba hubo siete fusilamientos entre el 8 de septiembre y el 26 de noviembre, cuando fue nombrado presidente del Banco Nacional de Cuba.

Un abogado que trabajó en La Cabaña bajo las órdenes del Che afirmó que al menos se habían llevado a cabo 600 fusilamientos hasta finales de junio de 1959. Es probable que refería a las ejecuciones en toda Cuba, pero no queda claro. Archivo Cuba ha documentado 954 fusilamientos en Cuba en 1959, de los cuales 628 habrían ocurrido de enero a junio, 58 de ellos en La Cabaña.

El Che también habló francamente a la comunidad internacional sobre el tema de los fusilamientos. En Naciones Unidas, en Nueva York, donde hizo un discurso el 11 de diciembre de 1964 respondió a las insistentes preguntas sobre las ejecuciones con su famosa declaración: “Fusilamientos, sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario”.

Lo que no es tan legendario, pero resulta aún más estremecedor, es que durante la Crisis de los Misiles en octubre de 1962, estuvo a favor de desencadenar la guerra nuclear para “construir un mundo mejor” -supuestamente de las cenizas. Unas pocas semanas después de la crisis, furioso por la “traición soviética” de haber retirado los misiles, le dijo a un periodista británico que si los misiles hubieran estado bajo control cubano, ellos (los líderes) los hubieran lanzado.

Aparte de pisotear el derecho a la vida, el Che también abogó por eliminar y reprimir muchos derechos fundamentales más. Su propuesta intransigente exigía la subyugación de la población cubana. Torturar y silenciar a opositores y disidentes constituía para él un elemento clave del éxito. En 1959 le dijo al periodista cubano de izquierda José Pardo Llada: “Hay que acabar con todos los periódicos, pues no se puede hacer una revolución con libertad de prensa. Los periódicos son instrumentos de la oligarquía”.

Mientras que todo el mundo reconoce al Che, o a su famosa imagen en una camiseta, sus víctimas permanecen prácticamente desconocidas. Por regla general, los mataron en la flor de sus vidas y dejaron muchos huérfanos. El dolor y la pena que causó el Che vive en los corazones de muchas almas anónimas que llevan una carga pesada con un silencio traumático -un hijo que perdió a su padre, una madre que perdió a su hijo, una esposa enlutada por el compañero de su vida y luchando por criar sola a una familia.

Curiosamente, los mejores biógrafos del Che le han dedicado cientos de páginas a la más pequeña minucia de su vida, mas sin embargo, es casi nula la atención dada a sus víctimas. En su biografía del Che de 410 páginas, Jorge Castañeda dedica exactamente seis líneas a las ejecuciones en la Sierra Maestra y 11 líneas a los fusilamientos en La Cabaña, sin mencionar el nombre de ninguno de los individuos fusilados. Con respecto a los detalles, esto es lo mejor que nos ofrece Castañeda (p. 143): “Por muy justificadas que pudieran haber parecido estas ejecuciones en la época, fueron llevadas a cabo sin respeto por el debido proceso legal. Los estimados acerca de su número exacto varían…”

Lee Anderson es mucho más generoso con las ejecuciones en la Sierra Maestra, extrayendo muchas citas del diario del Che. Menciona más de 20 casos, y muchos con detalles esclarecedores. Pero mientras su biografía de 768 páginas dedica 27 páginas a la infancia y la adolescencia del Ché y otras ocho páginas a su primer amor, sólo “cuatro páginas de todo el libro hablan sobre los tribunales revolucionarios y los fusilamientos en La Cabaña. Cuatro líneas adicionales dispersas por todo el volumen hacen ligera referencia a los fusilamientos.

En su favor, hay que decir que Anderson escribe que el Che “como fiscal supremo, cumplió la tarea con singular determinación y los viejos muros de la fortaleza resonaban cada noche con las descargas de los pelotones de fusilamiento”. Además, expone la carencia de garantías procesales. Aun así, expresa la idea, o por lo menos nunca la cuestiona, de que los ejecutados eran criminales de guerra, torturadores y esbirros de la dictadura de Batista.