DEBATEmas

“Los que discrepan se ilustran, los amanuenses se incivilizan”. (ARATICO)

Lucha política y lucha espiritual


La desglobalización actual y el frágil mundo tripolar hacen más inestable sus perspectivas cuando el sistema de creencias reinantes no deja margen para la promoción de nuevos valores. Por eso la lucha no es sólo política sino también espiritual. Por eso no es raro que, teóricos de la filosofía política, como Jacob Taubes, Agamben, Badiou, Schmitt, etc., y, en nuestros lares, Dussel y Hinkelammert, hagan teología política. Que el fundamentalismo actual no sea sólo patrimonio de una parte del Islam sino, sobre todo, de la ortodoxia cristiana norteamericana, habla de la profunda decadencia de la hegemonía, ya no sólo imperial sino, también, moderno-occidental.

Recordemos que, cuando Roma se precipitaba en su decadencia, fue una nueva legitimación la que la haría resurgir de entre las cenizas. Se trató de la adopción del cristianismo como la nueva religión del Imperio. Roma se convertía, de ese modo, en la misionera de Dios en la tierra. Roma restablecía su carácter imperial, es decir, divino y, para ello, transformaba a sus dioses en santos, sus generales en obispos y el César se volvía papa. De ese modo aniquilaba toda resistencia, incluso la cristiana, pues con su mismo lenguaje y su misma simbología invertía la propia fe de las víctimas del Imperio. Dios se había hecho Kristo-Rey y su iglesia la nueva Roma.

De ese modo recuperaba su reino y su poder sobre el mundo. Por eso se reafirma como Imperio y, con más ahínco, resucita restaurando su condición: Roma sólo puede ser Roma si es Imperio. Su congénito carácter expansivo ahora se reafirma por la expansión de la fe. Gracias a la ontología griega subsume al cristianismo y nace el Occidente como el vector geopolítico de la nueva Roma: desde Parménides el ser es y el no ser no es. Esa es la tradición de la ideología imperial que es relanzada por la cristiandad el 1492, primero con la toma de Granada y el fin del Califato de Al-Andaluz, el 2 de enero, seguida con la expulsión de los judío-sefarditas (cuyo edicto de expulsión es proclamado el 31 de marzo, siendo la fecha límite de estadía el 2 de agosto), y acabada con la invasión del Nuevo Mundo. Colon parte del puerto de Palos el 3 de agosto de 1492 –el 9 de Av en el calendario de los expulsados– y España, como el primer imperio moderno, se convierte en la punta de lanza de la expansión de Occidente, ahora como modernidad. Nace Europa como concepto geopolítico y la modernidad como la administración antropológica de la dicotomía centro-periferia, naturalizando una clasificación racializada de la humanidad entre superiores e inferiorizados, que permanece incólume hasta en las propias teorías revolucionarias (que pretendieron cambiar al mundo sin cambiar jamás la perspectiva de ese mismo mundo).

La nueva cosmogonía del neoimperialismo

El problema actual al que se enfrenta el Imperio (la Nueva Roma) es que el grado de legitimidad, lograda en el auge del neoliberalismo, provino de la estrategia de globalización, como conquista mercantil del mundo entero; eso generaba estabilidad, pero desde el 2008, la estabilidad lograda descubrió dramáticamente su fragilidad con la implosión del sistema financiero. Ahora la nueva cosmogonía que delatan las apuestas de recuperación hegemónica imperial, no vislumbra otra opción, en el laberinto que ha creado, que meterse más en él; por eso vuelve a sus orígenes, a sus relatos fundacionales de clasificación antropológico-racial de la humanidad, porque sólo puede lograr estabilidad generando inestabilidad. Por eso el racismo nunca ha sido superado, porque conforma la propia mitología moderna y que ahora vemos resurgir, precisamente, cuando no sólo el capitalismo sino la propia modernidad se hallan en crisis terminal (cuando un mundo se viene abajo, son sus valores más consagrados los que despiertan coléricamente en su agonía).

La estabilidad del primer mundo, o sea, del centro, es producto de una dialéctica de transferencia sistemática, esto quiere decir que, para lograr su estabilidad, necesita producir inestabilidad en la periferia. Y esto significa –en la situación actual, cuando su estabilidad está en riesgo– expandir la guerra; para ello se apoya en la “colonialidad subjetivada” de nuestras elites, pues éstas se convencen de que un nuevo sacrificio es indispensable para mantener el orden mundial y esto pasa por sacrificar a sus pueblos. Generar inestabilidad constituye, de ese modo, la nueva cosmogonía de una nueva reposición imperial: en el principio era la guerra. Ésta es la política profunda que implementa el Imperio y que consiste básicamente en partir el mundo en dos: el cielo y el infierno.

El infierno lo sufriríamos nosotros para hacer posible el cielo de un nuevo primer mundo que se recortaría incluso en sus márgenes actuales, pues la inmigración actual precisa que en las metrópolis desarrolladas también se genere cordones fronterizos de clasificación antropológica. Ésta ha sido siempre la constante que ha producido la riqueza del primer mundo; sólo mediante el despojo sistemático de la periferia mundial es posible el desarrollo del centro. Por eso la constante consiste en que la transferencia de valor es también transferencia de voluntad, o sea, de vida. La afirmación de la vida del mundo desarrollado es solo posible por el despojo, exclusión y negación de la vida de la periferia, por eso se trata de una plus-valorización que no puede ser comprendida en su entera significación por criterios economicistas. Pues no consiste sólo en un plusvalor económico sino humano, pues esa trasferencia le priva a la periferia de humanidad y sólo de ese modo es posible alimentar y sostener las pretensiones universales del centro desarrollado. Por eso se trata de una transferencia unilateral: mientras más vida le quita a la periferia de más vida se llena el centro. Por eso es preciso resemantizar la categoría centro-periferia. La periferia ya no es sólo el tercer mundo y el centro se recorta a sus dimensiones reales: los poderes fácticos que inventa el dólar desde Bretton-Woods.

Es todo el planeta el que se constituye en la periferia de las exigencias exponenciales del capital global, y esa expansión consiste en su capacidad acumulativa de despojo que hace de la humanidad y del planeta. Por eso el capital financiero puede reordenar la política y hasta la democracia según lo exige el capital y el mercado. La globalización consistía en la mercantilización radical y acelerada de toda la vida y eso es, en última instancia, el neoliberalismo. Ahora que la ideología de la globalización se desmorona en la propia USA, y el neoliberalismo ya no puede reponer la hegemonía del dólar, entonces la política profunda toma directamente las riendas del asunto.

Porque todo se trata de sobrevivir en una nueva reconfiguración geopolítica planetaria. Los límites de la visión anglosajona del mundo son las que entran en crisis a la hora de no saber en qué mundo nos encontramos. Porque condición de ser centro es saberse centro, y si la economía mundial se mueve al pacífico y hasta Europa deja de ser actor estratégico, entonces, con la ascensión, en todos los órdenes, de China y Rusia, además de la India, centro y periferia dejan de ser categorías útiles de descripción hasta ontológica.

Si el centro se descentra entonces apuntamos a un cambio de época, pero las condiciones objetivas de un descentramiento no son suficientes, porque, en definitiva, ser centro y ser periferia es también una perspectiva que se adopta y que la debe resignificar constantemente el centro. Por eso el centro y su hegemonía no se duermen en sus laureles y, ahora, más que nunca, tasan todo tipo de probabilidades para reponer su estrategia en declive vertical. En eso consiste la doctrina “core and the gap” y esto quiere decir la creación de un mundo con dos ámbitos diferenciados: el orden y el caos. Donde hay orden garantizado puede haber negocios, pero donde haya caos sólo habrá guerra prolongada y será, en última instancia, el precio de la estabilidad ofrecida como garante de un nuevo orden mundial, a la medida del mercado y del capital. Esta estrategia nace en la idea que hace el Pentágono del “Medio Oriente ampliado” y que se evidenció con la estrategia de la llamada “primavera árabe”, pero sobre todo con la provocación de las guerras en Irak, Afganistán, Siria y Libia.

Tanto China como Rusia tienen las mejores posibilidades de garantizar sus esferas de influencia, tanto en Eurasia como en el Pacífico; por eso USA no cesa de incomodar la estabilidad necesaria del Medio Oriente (promoviendo ahora, por ejemplo, el referéndum por la independencia del Kurdistán iraquí) y, tanto Arabia Saudita, Turquía, Egipto e Israel, son piezas que, en la inclinación que adopten, establecerán también los factores de integración o balcanización de la región. Europa sigue siendo un factor de inestabilidad por los independentismos recurrentes. Quedan África y América latina como últimos arcos de tensión en la recuperación hegemónica imperial. La inclusión de Venezuela en el denominado “eje del mal” junto a Irán y Corea del Norte, muestra los vectores que se dispone a activar una hegemonía maltrecha y que se ve urgida de poder disuasivo frente al ascenso de China y Rusia. No se trata sólo de poder bélico sino de poder hegemónico. Pero, si no se lograra reposición de hegemonía entonces el poder bélico podría garantizar dominación pura.

Por eso la doctrina “core and the gap” es lo que se anda coreando en el Estado profundo como opción actual; pues si recordamos, desde la administración Clinton, es Madeleine Albright, como secretaria de Estado, quien ya señalaba que era el Pentágono el que dictaminaba la política exterior, mientras los políticos se encargaban de gestionarla y, si estos no tenían éxito, entonces se ponía en marcha la Realpolitik. En realidad, el dictamen proviene del Estado profundo, que tiene al Pentágono como su brazo operativo para vigilar al establishment político; por eso vemos cómo se militariza la administración Trump con los generales John Kelly, James Mattis y H. R. McMaster en puestos clave.

Este neoimperialismo de la doctrina “core and the gap”, ya no descansaría en la anterior visión monetarista que popularizara Mayer Amschel Rothschild: “dadme el control de la moneda y no me importará quién hace las leyes”. Ahora se trata del poder combinado de las finanzas, la inteligencia artificial y las ojivas nucleares. Por eso las guerras de cuarta generación, dentro de la “doctrina del espectro completo”, son como la guerra llevada por otros medios en un mundo del caos.

La nueva cosmogonía neoimperial divide al mundo en dos, pero en ambos hay caos, porque el mundo estable está configurado también por la amenaza del caos. El Imperio se repondría como el garante del orden y la tributación al Imperio sería por sumisión absoluta, gracias a la cultura del miedo que se inaugura con la guerra contra el terrorismo. Eso ya está sucediendo en Europa. Formar parte del orden sería la capitulación total. Para eso el Imperio tiene, en su institucionalidad global, los medios para amenazar al mundo. Y sabe que, en una conflagración global, entra en juego el poder nuclear, el cual, ninguna potencia estaría dispuesta a usar, porque eso significa la puesta en marcha del MAD, o sea, la “destrucción mutua asegurada”. El comando sur ya se dispone a maniobras militares en las fronteras venezolanas con la participación de los ejércitos de Brasil, Colombia y Perú. Y las sanciones económicas contra Corea del Norte, promovidas desde la ONU y respaldadas inusitadamente por China y Rusia, muestra que intereses ocultos son siempre los promotores del desprecio crónico a los países chicos: ¿será que Corea sea una nueva Cuba negociada y sacrificada por las potencias beligerantes?, porque es sabido que la amenaza a Corea es, en realidad, una amenaza a China y Rusia.