DEBATEmas

“Los que discrepan se ilustran, los amanuenses se incivilizan”. (ARATICO)

Descripción de un mundo inexistente


La imposición del nuevo orden mundial que promueve el Estado profundo ya fue expuesta, curiosamente, por el flamante presidente francés Emmanuel Macron, en la reciente “Semaine des Ambassadeurs”, donde prácticamente dio por enterrada la soberanía popular. Aduciendo que, ahora, “nuestra soberanía es Europa”, no hace sino apoyarse en una ficción, pues si todo su análisis parte, como dice, de los cambios producidos desde la caída de muro de Berlín, entonces no hace sino describir un mundo que ya no existe.

La caída del muro de Berlín es el contexto que usó el neoliberalismo (un mundo sin alternativas) para imponer la estrategia de globalización, que empieza a desmoronarse en 2008, con el colapso financiero en USA. Pero el contexto con el que nace el siglo XXI es el ascenso de las potencias emergentes, los BRICS; o sea, de principio, se trata de un discurso anacrónico.

El neoimperialismo (porque Macron es apenas un portavoz) parte de un mundo que ya no existe y, por ello mismo, no sabe en qué mundo se encuentra. Fiel a un globalismo anacrónico, el presidente francés juzga que sería absurdo volver –dice– al antiguo concepto de soberanía nacional. Por eso Europa, tanto para Macron como para Angela Merkel, es apenas una abstracción llenada de contenido por el peso de las finanzas. Por eso la Europa a la cual se refiere está definida por el mercado: “tenemos que inscribirnos en la tradición de las alianzas existentes y, de manera oportunista, construir alianzas circunstanciales que nos permitan ser más eficaces”, por eso ve en Europa apenas un conciliador cuya misión consiste en acercar a “las grandes potencias cuyos intereses estratégicos divergen”. Habrá que ver si las potencias consideran a Europa una autoridad moral por encima de sus intereses.

Macron también describe muy bien lo que consideran los poderes fácticos como una migración “aceptable” para Europa. Francia es la primera nación europea que instala en África “oficinas europeas de inmigración”; esto quiere decir que es Europa la que decide qué tipo de migrantes quiere aceptar y, de ese modo, acabar con el éxodo masivo hacia Europa; pero esto no lo decide ninguna soberanía nacional, sino las necesidades del mercado: “las rutas de la necesidad deben convertirse en rutas de la libertad”. El mundo de la estabilidad se convierte en el reino de la libertad, que se convierte en el mercado de “los bienes comunes (el planeta, la paz y la cultura)”, que son accesibles sólo para los incluidos en éste. Por ello también se pronuncia por “dar un nuevo aliento a la OTAN”, como un auténtico “promotor de la paz”. Ahora podremos entender por qué Trump cambio de parecer con respecto a la OTAN: en un mundo dividido entre el orden y el caos, la OTAN sigue siendo necesaria.

El entierro de la soberanía popular condice con la política de la Comisión Trilateral, desde los 70’s, expresado también por Zbigniew Brzezinsky cuando afirmaba que el papel de los Estados iba a ser desplazado por las corporaciones en la era tecnotrónica. O sea, se trata de una política ya trabajada desde el siglo pasado y que precisaba el neoliberalismo en su expansión global y que ahora la vemos en su forma acabada en la doctrina “core and the gap”: una vez acabada con la soberanía popular y nacional, los Estados carecen de todo poder y pueden ser fácilmente condenados al mundo del caos. Deshacerse de dos tercios de la población mundial, para mantener la estabilidad del primer mundo, no es algo descabellado, pues lo que origina este tipo de apuestas es el agotamiento de los recursos naturales.

Para mantener el mito del desarrollo, la sociedad moderna requiere de recursos inagotables y, como esto es imposible, ha producido un dogma de fe que ahora le sirve para justificar un nuevo holocausto mundial y que consiste en el cálculo de vidas necesarias para mantener el sistema. Por eso el presidente Macron declara que, lo que movilizará a los ciudadanos europeos, para no volver a “la edad de piedra”, como algunos países del Medio Oriente, es “la creencia en el progreso”. Es lo que se propone la nueva cosmogonía del Estado profundo: el reino del mileno es el orden y la paz, pero está siendo constantemente amenazada por el reino del caos, por eso lo devolveremos a “la edad de piedra”.

Dejar de ser parte del caos es someterse al orden. ¿Qué le impide al Estado profundo implementar, de una vez por todas, esta estrategia? Convencer a las potencias emergentes que no hay salida. Todo es negociable, menos, dejar de hacer negocios. Cuando todo se hace negocio, hasta la política sólo consiste en hacer buenos negocios y estos son la expresión más acabada del cálculo de utilidad propia que realiza un ego centrado exclusivamente en sus intereses egoístas. Éste es el tipo de cálculo que realiza todo poder y, cuanto más poder concentra, más utilidades logra su cálculo. Tanto las potencias, como los individuos, hacen ese cálculo, en un mundo que ha convertido todo en negocio. Por eso la apuesta actual y, por la cual, el Imperio encuentra opciones para su reposición, aunque sea como garante operativo, es que, en medio de una crisis planetaria, seguir haciendo negocios es la única razón que cuenta para este mundo.

¿Qué hacer? Si las guerras que ahora emprende el Imperio no buscarían cambios de gobierno sino el caos prolongado, entonces tampoco nos sirve, como marco analítico, la nomenclatura de la guerra convencional. Cuando se dice que las guerras imperiales se explican por la conquista de recursos estratégicos, se olvida que un Imperio no lucha por algo sino por el todo. Incluso la nueva estrategia imperial sacrificaría a una buena parte de sus Estados para generar la necesidad de la guerra continua. La guerra contra el terrorismo daría lugar a la guerra contra los pobres y, como todos quieren ser ricos, sobre todo en el primer mundo, esta aspiración daría lugar a legitimar la doctrina “core and the gap”. Que no se trata ya de la propuesta de Thomas Barnett, sino de su radicalización y performativización que hace el Estado profundo en las opciones que baraja en un mundo básicamente tripolar. Si el mundo cambia, el Imperio quiere decidir cómo ha de cambiar y qué tipo de escenario estaría dispuesto a aceptar. Como los conflictos y las guerras que ha emprendido, le han conducido a un desgaste de su poderío militar, su hegemonía y su legitimidad, y esto pasa porque no ha sabido producir estabilidad después de sus injerencias militares, ahora la opción sería ya no proponerse producir estabilidad con la guerra sino diseminar el caos prolongado; de ese modo pone al ámbito del caos en jaque y en condiciones de imposibilidad de recuperación. Dos tercios del planeta estarían siendo arrastrados, ya no a un nuevo subdesarrollo sino a “la edad de piedra”. En Latinoamérica todo empezaría con Venezuela.

Pero lo que no entra en el cálculo del Imperio es el factor pueblo. Y es el factor que, también, los gobiernos progresistas descuidan. Una vez en el poder, la dirigencia se impone como sujeto sustitutivo, expropiando el poder de decisión y reduciendo al pueblo a un mero apéndice de la política. Si la nueva doctrina imperial ha enterrado la soberanía popular, la respuesta sensata que debiéramos esperar de nuestra parte es la construcción del poder popular. Porque el Imperio sólo puede desestabilizar un país si hay condiciones para ello y eso significa un pueblo despotenciado. Triunfa la injerencia imperial cuando puede atizar conflictos que están dormidos. Pero un pueblo organizado, en tanto actor y sujeto de la política que se propone su Estado, constituye la mejor defensa nacional que se pueda tener. Nunca, en el mundo moderno, una soberanía popular ha producido soberanía nacional. Por eso el Estado moderno contiene un tipo de legitimación vertical por dominación. Por eso también se hace aparente y produce un concepto de nación frágil, porque su legitimidad no nace de la base popular (eso explica el contexto de independentismos que vive Europa, como en España). Lo que hemos conocido, en la modernidad, es la imposición de soberanías nacionales abstractas por sobre toda soberanía popular. Ese tipo de soberanía nacional es el que ahora reclama Trump exclusivamente para USA, privándole a Corea del Norte y Venezuela, por ejemplo, de ese mismo soberanía.

Construir el poder popular desde abajo es la única posible defensa que se presenta en un mundo de guerra encendida. El Imperio nunca pudo doblegar a Vietnam, fracasó en Corea y Cuba. La razón de ello es que, cuando un pueblo encarna y es portador del espíritu mesiánico, del cual habla Walter Benjamin, nada puede detener su poder utópico, es decir, aquella potencia que le permite trascenderse a sí mismo y al mundo que le oprime. Lo que no hay pone en su verdadero lugar a lo que hay, y aquel que se sitúa en lo que todavía no hay, anticipa ese futuro como porvenir de su propia praxis. Eso le constituye en lo que llamamos “consciencia anticipatoria”. Eso le permite no encerrarse en el presente que impone el reino de este mundo sino en anticiparse y hacer actualidad lo que ya vive como desiderátum utópico. Por eso, no es, en definitiva, la fuerza militar, la riqueza, el crecimiento del PIB, el desarrollo, etc., lo que impulsa y potencia a un pueblo, sino la fe que tiene en sí mismo. Despertar esta fe es la verdadera revolución de nuestro tiempo.

Autoría acreditada.-Rafael Bautista S. autor de “El mito del mestizaje: crítica al sistema de categorías de la colonialidad epistémica”, de próxima aparición. Dirige “el taller de la descolonización”.

NR.- Por el contenido extenso, otrojo editó tan importante material y, respetando su estructura, lo presenta en cuatro artículos-notas en el cuerpo o sección Debatemas. Todos pertenecen al mismo articulista.